domingo, 8 de mayo de 2016

un chico cualquiera


Una noche de sábado lluviosa, tras unos tragos con los de siempre.
Decido volver a casa. 
Ella me acompaña un trecho y me cuenta enredos de familia. 
La ebriedad o el cansancio no me deja atenderla como es debido. 
Ella necesita una compañera para pausar las penas y no puedo seguirla. 
Tomo rumbo al metro. 
En el camino voy pensando en lo complicadas que resultan estas relaciones. 
Todos llevamos en los hombros una u otra carga familiar.
Me lío un pitillo, lo prendo y continuo mi ruta. 
Al llegar al metro, entro y me dirijo hasta el fondo para así coger el último vagón. 
Siempre doy los mismos pasos. Mi rutina en el subsuelo. 
Levanto los ojos y me encuentro a un chico cualquiera a las dos de la madruga sentando en el suelo, en el andén, con aires de no estar pasando un buen momento. 
Me acerco, le pregunto cómo está. Dice que bien, que espera al metro. El vómito se deja entrever por entre sus piernas. Se incorpora, le sostengo y me pregunta: 
-¿Por qué te preocupas por mi?- con tono suave, equilibrado y dulce. 
Le contesto: 
-¿Y por qué no?- sonrío.
Me agradece con sus manos juntas y en el pecho, se sienta me mira y vuelve a sí mismo
sabiendo que una desconocida le cuida.


Estamos para cuidarnos entre todoS. Nadie es invisiblE.

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